A pesar del dolor por la derrota en Chivilcoy y ver cómo se escapó el tan ansiado ascenso a la Liga Nacional, San Isidro cerró una temporada histórica. Lo hizo con entrega, con identidad, con corazón. El Rojo volvió a estar entre los mejores del país, y lo hizo siendo fiel a su estilo: luchando hasta el último segundo y dejando todo en cada pelota.
La campaña fue tan extensa como exigente: nueve meses de competencia (y 53 partidos disputados) al más alto nivel, en los que San Isidro supo reinventarse en cada etapa. El gran envión llegó con la conquista del Torneo Apertura, coronándose campeón invicto del Súper 4 en un "Nido" repleto, asegurando así su lugar en la final por el ascenso.
Sin tiempo para festejos, el elenco sanfrancisqueño tuvo que cambiar el chip y encarar el Clausura, donde pese al desgaste físico y mental alcanzó las semifinales de conferencia, cayendo frente a Sportivo Suardi. Tras ese capítulo, toda la energía se enfocó en la gran definición frente a un Racing de Chivilcoy, campeón del Clausura y ansioso de revancha tras la final perdida la temporada anterior ante Atenas.
La serie fue pareja, intensa y cambiante. San Isidro padeció en la ruta, pero fue una fortaleza en casa: el "Antonio Manno" vibró como nunca para igualar la serie y estirar la historia a un quinto juego. En el desenlace, la gloria fue esquiva, pero el reconocimiento fue total. El Rojo cayó de pie, dejando el alma en la cancha y ganándose el respeto de propios y extraños.
Como ocurrió tras aquella caída con Platense en 2019, San Isidro sabrá levantarse, con más fuerza, con más convicción. Porque el sueño sigue vivo. Y porque el básquet de San Francisco, con el Rojo como bandera, ya volvió a estar donde merece: en lo más alto.